La comunión y universalidad de nuestra religión informan también su gobierno. En
él sobresale la participación orgánica y proporcionada de todas las partes para
realizar el fin propio de la Orden. Pues la Orden no se limita a la fraternidad
conventual, aunque ésta es la célula fundamental, sino que se prolonga en la comunión
de los conventos, constitutiva de la provincia, y en la comunión de las provincias,
constitutiva de la Orden misma. […]
El gobierno comunitario es, por cierto, apropiado para la promoción de la Orden
y para su frecuente revisión. […] Esta constante renovación es necesaria no sólo
como exigencia del espíritu de perenne conversión cristiana, sino también como postulado
de la vocación propia de la Orden que la impulsa hacia una presencia en el mundo
adaptada a cada generación.
La finalidad fundamental de la Orden y el género de vida que de ella deriva conservan
su valor en todos los tiempos de la Iglesia. Pero su compresión y estima, como sabemos
por nuestra tradición, urgen sobremanera cuando se dan situaciones de mayor cambio
y evolución. En tales circunstancias, la Orden ha de tener la fortaleza de ánimo
de renovarse a sí misma y de adaptarse a ellas, discerniendo y probando lo que es
bueno y provechoso en los anhelos de los hombres, y asimilándolo en la inmutable
armonía de los elementos fundamentales de su propia vida.
Entre nosotros, estos elementos no pueden ser cambiados sustancialmente; y deben
inspirar formas de vida y de predicación adaptadas a las necesidades de la Iglesia
y de los hombres.